Estudiar letras en estos tiempos: ¿locura o lucidez?

Empiezo con una pequeña anécdota. Hace poco fui a hacerme la revisión anual de la vista; necesitaba reemplazar los lentes que mi perrita, Maya, destrozó y enterró en algún lugar impreciso de mi patiomación de sus hijos. Cuando me dirigía a cancelar el costo del examen, noté que una de las dependientas me miraba fijamente. Yo no la conocía, es más, nunca la había visto. Era evidente que quería preguntarme algo, pero no terminaba de animarse. Así que mientras su compañera me explicaba las mil maravillas de mis nuevos anteojos, la mujer se ubicó a una prudente distancia. Cuando abrí mi billetera para cancelar, la mujer se acercó y, finalmente, se armó de valor para hablarme. Había visto mi expediente y se había percatado de que, además del astigmatismo y la hipermetropía que padezco, yo estudié esa extraña carrera que su hijo, pocos días antes, había mencionado como una de las opciones que más le atraían para estudiar. La mujer estaba preocupada, muy preocupada. No la culpo. ¿Por qué, pudiendo estudiar cualquier otra cosa con mayores posibilidades de inserción laboral, un muchacho se arriesga, a estas alturas de los tiempos, a estudiar una carrera del área de las letras? ¿Por qué, en lugar de asegurarse un espacio en el mundo competitivo de las tecnologías, las ingenierías, la administración, la banca o las finanzas, un joven decide dedicarse a leer a Homero y a analizar discursos y fenómenos lingüísticos desde teorías complicadas? ¿Qué atractivo puede encontrarle un jovencito criado entre pantallas, aplicaciones y celulares inteligentes a una carrera como esa, que además de ocasionar daños permanentes en la vista, ofrece caminos laborales bastante limitados e inseguros?

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